viernes, 3 de febrero de 2012

Cuestión de supervivencia...

A pesar de todo y de mí, ahora sí: ya es tiempo de avanzar.




-Escucha bien- le digo-, desde hace un momento pienso en una cosa que me gusta mucho más que el papel de mojón que tan generosamente me has concedido, y es que hemos cambiado al mismo tiempo y de la misma manera. Prefiero esto, ¿sabes?, a ver que te alejas cada vez más y estar condenado a señalar eternamente tu punto de partida. Yo había venido a contarte todo lo que me has contado, con otras palabras, es cierto. Nos encontramos a la llegada. No puedo decirte cuánto placer me causa.

-¿Sí?- me dice dulcemente, pero con aire terco-; bueno, con todo, yo hubiera preferido que no cambiaras; era más cómodo. No soy como tú; más bien me desagrada saber que alguien ha pensado las mismas cosas que yo. Además, has de equivocarte.

Le cuento mis aventuras, le hablo de la existencia, acaso demasiado tiempo. Escucha con aplicación; tiene los ojos muy abiertos, las cejas altas.
Cuando termino, parece aliviada.

-Bueno, pero no piensas lo mismo que yo. Te quejas porque las cosas no se disponen a tu alrededor como un ramillete de flores, sin tomarte la molestia de hacer nada. Pero yo nunca he pedido tanto: quería obrar. Cuando representábamos el aventurero y la aventurera tú eras aquel a quien suceden aventuras, yo la que las hace suceder. Decías: "Soy un hombre de acción". ¿Recuerdas? Bueno, ahora digo simplemente: no se puede ser un hombre de acción.

Es preciso admitir que no la he convencido, pues se anima y prosigue con más fuerza.

-Y además hay un montón de cosas que no te he dicho porque serían demasiado largas de explicar. Por ejemplo: hubiera sido necesario que, en el momento mismo de obrar, pudiera decirme que mi acto tendría consecuencias... fatales. No logro explicarte bien...

-Pero es complétamente inútil- digo con un aire bastante pedante-, eso también lo he pensado.

Me mira con desconfianza.


-De creerte, lo habrías pensado todo de la misma manera que yo: me asombras mucho.

No puedo convencerla, sólo conseguiría irritarla.

De pronto me mira con aire ansioso:


-Y entonces, si has pensado en todo eso, ¿qué puede hacerse?


Bajo la cabeza.


-Yo me... yo me sobrevivo- repite pesadamente.


Jean-Paul Sartre, fragmento de "La Náusea".

jueves, 26 de enero de 2012

Del cine y la soledad...




Soledades

Para Julia…

Al comenzar el día, aparcaron
sus soledades en el gentío.
Cada una con su rémora de presagios.

Más tarde, el tiempo se me fue
clavando en cada hora punta.
Las soledades seguían en el patio.

Detrás de la última hora, como
en medio de todo o nada quedó la mía.
Las otras se fueron marchando.

Entonces,

como las hojas que no cayeron
o los besos en la mejilla,

como la butaca de al lado
o los ojos que nadie mira,

como la música de gramola
o los sueños que recién se olvidan,

como los domingos de ahora
o las palabras de entonces,
como el resto y como la tuya,
en medio de todo o nada quedó la mía.

lunes, 26 de diciembre de 2011

El mismo amor, la misma lluvia...




Calle de abrazados

Columnata de árboles
o nada / sombras sobre piedras
herméticos zaguanes
o nada / hojas en el viento

la llaman calle de abrazados
no exactamente porque las parejas
se refugien allí a falta de otros
espacios de amor gratis

la llaman calle de abrazados
porque en las noches de domingo
hay dos tan sólo dos
una mujer y un hombre
desentendidos misteriosos
que se citan allí como dos náufragos
y cada náufrago se abraza
al otro cuerpo salvavidas

la llaman calle de abrazados
como tributo a un solo abrazo
desesperado recurrente
tan azorado y tan estrecho
como si fuese siempre el último

y esto a pesar de que en su isla
el hombre y la mujer ignoren
que ese destino en que se abrazan
se llama calle de abrazados.

Mario Benedetti

domingo, 1 de mayo de 2011

Que todavía, que ayer y que fue...




Sopla el viento. Las hojas afiladas
de los árboles cortan el aire en un quejido.
Ruedan por el cielo los días
y sus noches,
pero mis horas penden del recuerdo
y su añoranza.

Es imposible negar que todavía,
que ayer y que fue;
que no hay mañana ni sueño tranquilo;
que nos sigo buscando, que me sigo esperando,
y que no encuentro más que tiempo vacío.

Ya no es la carne la que me lleva,
aunque a veces me tiemble con la piel:
son los nunca que fueron siempre
y viceversa;
las palabras que dejo para el final
y que luego callo;
la felicidad que nos aguarda justo
detrás de lo imposible;
el irremediable rumbo de tu acento
cuando cantas allá.


sábado, 28 de agosto de 2010

Hasta siempre, Náufrago...

Sobre mi filantropía

Me despierto

como quien oye una respiración

obscena. Es que amanece.

Jaime Gil de Biedma.


Ahora, el ocaso

es un recuerdo lejano,

y el viento, en su cadencia más libre,

el tempo del suspiro profundo

de las luces rutilantes y los campos.


Después de todo, un silencio sepulcral

anuncia su propio fin: la mordedura

fría de la sierra abre el resquicio del día

por el que manan sus cruentos dedos.


Amanece el bullicio que antecede los sucesos,

cuando luego,

nada ocurre.


Aflora la áspera mentira de las almas:

huyendo de las voces certeras de la noche,

al último sueño agarradas,

las pupilas, ya descubiertas, se preparan

para el espectáculo de las sombras.


Yo os miro y ya

no estáis aquí.

Vuestro sueño hiende el aire,

en busca de Venus y su giraluna,

dejando atrás otro sórdido amanecer.


Mañana, el pasado

será un recuerdo lejano,

y vosotros, ausencia donde mire,

cuanto yo quería del mundo,

culminaréis el éxodo de mis manos.


De momento, el ocaso

es un recuerdo lejano,

y el viento, en su cadencia más libre,

el tempo del suspiro profundo

de las luces rutilantes y los campos.



Después de andar tanto tiempo juntos, nuestros caminos se separan... y aunque no cabe duda de que volverán a encontrarse, el Faro extrañará las hogueras y los amaneceres en tu orilla solitaria... Fuerza y buena suerte en tu nueva isla. Hasta siempre, Náufrago.


lunes, 7 de junio de 2010

Todavía existe Granada...

Los lánguidos dedos del invierno todavía hielan las nacaradas cumbres de Sierra Nevada, envueltas ya por un sofocante canto de cigarras. El día se prolonga detrás de esta cuna en la que descansa la fruta de los mil rubíes, cuando todo queda cubierto por claroscuros y perfiles que esbozan lo que pocos saben mirar hoy día. El nuevo siglo pasa despampanante y turbio sobre los inmemoriales cimientos de los años, derribando paisajes que aun vacilan en las pupilas ocultas de los muertos.

No obstante, todavía las voces rompen en el ocaso con la elegía del cante jondo y en los muros rojizos del corazón de Granada hierve la sangre morisca de los granadinos. Todavía, huele a azahar en los patios antiguos y el aire limpio eleva el vuelo atezado de los mirlos sobre la eterna tierra vegana. Todo se vuelve lejano, los pasos van sin destino, las manos repasan los arrayanes, el sol atraviesa los árboles y el agua se escapa de las comisuras.

Siempre es todavía si estoy aquí –detrás del humo y de la prisa, debajo del asfalto y del ruido –donde todavía existe Granada.
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sábado, 8 de mayo de 2010

Implacable...

No paro de escrutar el panel de corcho. Del panel cuelga lo que yo he querido que sea mi historia. En él, aparezco como un ánima alegre e inocente que salta por las fotos siempre con la misma mirada de no querer más que aquel instante.

Cuelga la metamorfosis del Yo, de la copa que resalta sobre una realidad cambiante. Ya sé que ni la copa es inmutable ni la realidad el fondo, pero así cuelgan en el panel. Sí. Cuelgan. Penden clavadas y tiemblan. Tiembla mi historia sobe mi panel cuando la miro. Tiembla cuando me digo que eso que miro es mentira. Es mentira esta historia apasionante escrita en fotos de un viaje a Irlanda y la mirada de todos los míos. Me mira mi historia. Mi pasado. Todos sonríen y me miran. Golpea en mi frente una historia que me han contado porque yo no soy ese. No. Yo no recuerdo nada de eso. Entonces, a lo mejor nunca he vivido. Uno deja de vivir cuando se muere el recuerdo. El recuerdo es traicionero: antes de morir, mata. El recuerdo me muerde como una serpiente. Me estrangula como una serpiente y me deja extasiado.

En semejante situación, toda esta historia me parece ajena, pero la escribo yo. La hago yo. Llevo haciéndola veinte años sin darme cuenta. Me doy cuenta ahora, cuando miro mi panel de corcho, los recuerdos viven y veo que no soy pasado. El panel sí es pasado. Yo soy un presente huidizo y eso es terrible. Yo no quiero ver un pasado falso. Quiero ser siempre el más absoluto presente. No quiero cavar la tierra del devenir y meterme en el agujero del pasado. No quiero hacer de mi vida una historia que luego recuerde tan nítidamente como ahora. Sólo quiero seguir ensimismado. Quiero vivir entre la vigilia y el sueño, cuando todavía se percibe lo que pasa y uno entra en éxtasis. Sí. En éxtasis. Como cuando se mueren los recuerdos y ya no recuerdo que se mueren. Y entonces todo lo que ocurre es ajeno y está lejos. Sí. Tan lejos. Un sueño. Un cuento. Una revolución. Quiero que me lo cuenten. Quiero escuchar los pedazos de una historia que sonríe, ligera y feliz, en las imágenes que cuelgan de un panel de corcho.

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